Y asó lo hicimos. Niños, niñas, familias, catequistas, responsables de la Unidad Pastoral, hicimos posible una celebración cuyo buen sabor de boca quedó ratificado con una siempre agradecida chocolatada final.

No sabría decir por qué, pero siempre me ha irritado oír hablar de Jesús de manera vaga e idealista, utilizando toda clase de tópicos que no resistirían el mínimo contraste con las fuentes que poseemos de él. Me produce tristeza comprobar con qué seguridad se hacen afirmaciones que deforman gravemente el proyecto de Jesús, y con qué facilidad se desfigura su mensaje. Siento verdadera pena al ver que muchos, cristianos o no cristianos, nunca podrán hacerse una idea aproximada de Jesús. Sé que muchos creyentes, menos creyentes, pocos creyentes, malos creyentes, increyentes o personas que no saben si creen o no creen, nunca lo podrán amar ni disfrutar de él porque nunca lo podrán conocer.
Mucho más lamentable y penoso me ha resultado estos últimos años asomarme a tantas obras de «ciencia ficción», escritas con delirante fantasía, que prometen revelarnos por fin al Jesús real y sus «enseñanzas secretas», y no son sino un fraude de impostores que prescinden de toda «objetividad histórica» y sólo buscan asegurarse sustanciosos negocios.
Con este estudio he querido contribuir a que el hombre y la mujer de hoy tengan un posible camino para aproximarse a Jesús. Me he esforzado por combinar el máximo rigor histórico posible con el lenguaje claro, sencillo y asequible. He pasado muchas horas analizando y evaluando las diversas aportaciones de exegetas, historiadores, arqueólogos y expertos de las ciencias socio-culturales y antropológicas. He pasado tal vez más horas en silencio, preguntándome quién es ese Jesús que está detrás y más allá de esa investigación, y cómo podía yo comunicarlo en la sociedad contemporánea sin traicionarlo.
Soy cristiano y, al escribir este libro, he pensado en los que creemos en Jesús. A nosotros nos debe interesar como a nadie conocer cómo era ese hombre en el que nosotros nos encontramos con el misterio de Dios encarnado en la realidad frágil de un ser humano: yo quiero saber cómo es, qué hace, cómo vive, qué defiende y cuál es el mensaje de un hombre en el que Dios se ha encarnado. Pero sé que Jesús es de todos, no sólo de los cristianos. Su vida y su mensaje es patrimonio de la Humanidad. Por eso he pensado en quienes lo ignoran casi todo sobre él: personas para las que Jesús no ha representado nunca nada serio ni atractivo porque no lo han conocido; hombres y mujeres decepcionados por el cristianismo real que tienen ante sus ojos, que se han alejado de la Iglesia y andan buscando por caminos diversos luz y calor para sus vidas; jóvenes que no se interesan por estas cosas, pero que se sienten secretamente atraídos por Jesús.
Sé que Jesús no necesita de mí ni de nadie para abrirse camino en el corazón y en la historia de las personas. Sé que otros pueden escribir sobre él desde una experiencia más viva y, sobre todo, desde un seguimiento más radical a su persona. Me siento lejos de haber captado todo su misterio. Sólo deseo que los lectores se encuentren con él. Jesús podría ser para muchos de ellos la gran noticia.
Para más información: buzonppc@ppc-editorial.com


Hay algo nuevo y sorprendente en este profeta. No predica en Jerusalén como Isaías y otros profetas: vive apartado de la elite del templo. Tampoco es un profeta de la corte: se mueve lejos del palacio de Antipas. De él se dice que es «una voz que grita en el desierto», un lugar que no puede ser fácilmente controlado por ningún poder.
No llegan hasta el desierto los decretos de Roma ni las órdenes de Antipas. No se escucha allí el bullicio del templo. Tampoco se oyen las discusiones de los maestros de la ley. En cambio, se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Es el mejor lugar para iniciar la conversión a Dios preparando el camino a Jesús.
Éste es precisamente el mensaje de Juan: «Convertíos»: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Este «camino del Señor» no son las calzadas romanas por donde se mueven las legiones de Tiberio. Estos «senderos» no son los caminos que llevan al templo. Hay que abrir caminos nuevos al Dios que llega con Jesús.
Esto es lo primero que necesitamos también hoy: convertirnos a Dios, volver a Jesús, abrirle caminos en el mundo y en la Iglesia. No se trata de un «aggiornamento» ni de una adaptación al momento actual. Es mucho más. Es poner a la Iglesia entera en estado de conversión.
Probablemente se necesitará mucho tiempo para poner la compasión en el centro del cristianismo. No será fácil pasar de una «religión de autoridad» a una «religión de llamada». Pasarán años hasta que en las comunidades cristianas aprendamos a vivir para el reino de Dios y su justicia. Se necesitarán cambios profundos para poner a los pobres en el centro de nuestra religión.





| Tomado de la página pastoralsj.org |
| Me esperas cada día. Siempre vienes, no cesas de llegar desde el silencio hasta el sol de mi puerta. Tiras piedras suaves y pequeñas, transparentes al cristal de mi cuarto y de mis ojos. No descorro mi voz. No me doy cuenta de que Tú estás ahí, que esta hora es otra vez tu cita. No distingo tu llamada. Mañana, esta siesta, este ocaso, en esta noche también vendrás, Tú nunca dejarás de llegar. Hasta que un día saldré por fin, lo sabes, y en tus manos pondré cuanto me esperas y me diste. |
| Valentín Arteaga |
No son trovadores, embaucadores ni soñadores.













Selección de textos del libro "Fin del cristianismo premoderno",
de Andrés Torres Queiruga, Sal terrae, Santander 2000.
Necesitamos darle una vuelta completa al modo de concebir la relación de Dios con nosotros.
No es verdad que "Dios está en el cielo y tú en la tierra". Al contrario, Dios está siempre aquí entre nosotros. Está como iniciativa absoluta, siempre en acto. Hombre y mujer son, ante todo, íntima y radical pasividad. El movimiento fundamental, infalible y que no falla, es siempre el que va de Dios al hombre.
En la vivencia común y concreta, en el modo de predicar, rezar o celebrar la liturgia, e incluso en el modo de hacer teología, todo procede como si nosotros, los humanos, fuésemos los activos y los preocupados, los que tenemos que conquistar la salvación. Conquistarla ante un Dios "en el cielo", que teóricamente nos ama, pero que en la efectividad vivencial está más bien pasivo hasta que logramos moverle con nuestras súplicas, conquistarle con nuestras obras y sacrificios.
Es evidente que se impone una inversión radical. Dios no tiene que venir al mundo porque ya está siempre en su raíz más honda y originaria; no tiene que intervenir porque su acción es la que lo está sustentando y pro-moviendo todo; no acude e interviene cuando se le llama porque es Él quien desde siempre está convocando y solicitando nuestra colaboración.
Esto lleva a una ruptura de todo dualismo natural-sobrenatural, e incluso sagrado-profano. Puesto que todo viene de Dios, todo puede y debe ser vivido como acogida y afirmación de su acción creadora.
Desde un Dios que crea por amor, no tiene sentido pensar que el mal pueda venir -en cualquier modo que sea- de Él; sólo puede ser visto justamente como lo que se opone al dinamismo amoroso de su acción creadora. se opone no como impotencia de Dios, sino como límite de la criatura que, al ser finita, "no da más de sí"; es decir, resulta necesariamente carencial y, por lo mismo, deficiente y conflictiva.
Debe evitarse toda expresión que implique la imagen de un Dios que "estando fuera" entra con su acción en el mundo y que, previamente "pasivo", es movido por nuestros ritos u oraciones. El lenguaje habrá de esforzarse por traer a primer plano la absoluta iniciativa divina, que convierte en respuesta toda aparente iniciativa humana: Dios es quien ha suscitado ya la oración cuando ésta sube a nuestros labios (Rom 8,26); y ha promovido ya nuestra acción cuando empezamos a hacer algo (Jn 15,5). Contra todas las apariencias no somos nosotros quienes, llevando el peso originario del trabajo, solicitamos que Dios, hasta entonces quieto, se decida a ayudarnos: es Él quien, amor eternamente en acto, "trabajando siempre" desde la creación del mundo (Jn 5,17) nos convoca a nosotros -resistentes y pasivos aun en nuestras horas mejores- para que colaboremos en su obra.
Pedirle algo a Dios equivale a invertir todo el movimiento, situando la iniciativa del lado humano y la pasividad del lado divino. Objetivamente nuestro lenguaje de petición está alimentando, a saber, a) que Dios podría ayudar, pero -por los motivos que sea- no quiere; b) que, en el supuesto de que la petición haya sido "eficaz", quiere sólo algunas veces, ayuda a unos sí y a otros no. El resultado es en ambos casos funesto.
El mismo Jesús, sin embargo, practica y recomienda la oración de petición. Pero la intención directa y primordial no es la de exhortar a la "petición perseverante" sino a la confianza absoluta.
El regatear con Dios, el tratar de ganar su favor a cambio de algo, el buscar "intercesores", tiene una presencia masiva en la mayor parte de las oraciones.
A medida que madura la vida espiritual de una persona, las fórmulas de petición van disminuyendo de manera espontánea para dar paso a otras más positivas como la adoración, la alabanza, la acción de gracias, la expresión de la confianza, la apertura en el deseo y la acogida.
El cambio de lenguaje se expresa en el diálogo con un niño que aparece en una obra del escritor brasileño Pedro Bloch:
- ¿Rezas a Dios, pequeño?
- Sí, cada noche.
- ¿Y qué le pides?
- Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
«Necesitamos vivir simplemente
para que otros puedan
simplemente vivir»
Mahatma Gandhi
Las palabras de Jesús “Dichosos los que creen”, se han convertido en el lema de este año para la celebración el domingo, día 21 de octubre, del Día Mundial de las Misiones, el DOMUND. Este año Jose María Arieta-Aruanabeña se estrena en el cargo de Delegado de Misiones en nuestra Diócesis y en esta jornada quiere recordar a todos y cada unos de los 622 misioneros y misioneras vizcaínas que están ayudando a los más necesitados en los cinco continentes.
Día 20, sábado
Acción de calle: con mesas informativas, música, comercio justo, zancos, juegos infantiles, teatro de calle, pancarta colectiva...
Explanada del Arriaga, Bilbao
11:00 - 14:00 horas
Organiza: Coordinadora de ONGDs de Euskadi, REAS, EAPN.
LOS POBRES TOMAN LA PALABRA
FERNANDO ACÍN
ZARAGOZA
(Publicado en ECLESALIA, 16/10/07)
En muchas de nuestras ciudades hay eventos programados con ocasión del Día Mundial de Erradicación de la Pobreza. Veinte años después del nacimiento de esta jornada, un año más, ciudadanos de todas las ideologías y creencias se unen y alzan su voz contra la exclusión y pobreza. Una sociedad no tiene derecho a proclamarse justa y democrática si no deja un sitio a cada uno, introduciendo a los más pobres en todos sus proyectos y acciones.
Esta fue la inquietud que movió el corazón de Joseph Wresinski (1917-1988), sacerdote francés, quien vivió la dureza de la miseria en su infancia y que desde los inicios de su ministerio se propone crear una colaboración con los más pobres en la que ninguno de ellos quedara a un lado y pudiera encontrar su sitio. A su llegada al asentamiento de chabolas de Noisy-le-Grand, en la periferia de París, en 1956, se propuso que esas personas tendrían que subir los peldaños del Palacio del Elíseo, de la ONU y del Vaticano, para ser escuchados donde los ciudadanos deciden su futuro. La sociedad debía de asumir sus responsabilidades. Entendió que la miseria es una creación humana y por ello, puede ser destruida. Cualquier ser humano, por pobre o desamparado que sea, puede levantar la cabeza y la fraternidad, justicia y amor toman cuerpo cuando se pone al pobre en el centro de nuestras vidas, ya que en palabras de Joseph, amar es querer que el otro sea más grande que uno mismo y, por tanto, querer recibir de él.
En 1968, año de agitación social en Francia por los sucesos de mayo, se redacta un manifiesto con las familias que resisten con todas sus fuerzas la condición indigna a la que se les somete, junto a voluntarios comprometidos en la lucha contra la pobreza que titularon “Un pueblo habla”. El padre Joseph, en adelante, llamará a este pueblo “Cuarto Mundo”, que atraviesa fronteras y siglos.
Siempre mantuvo la convicción de que el cristiano debía de volver la mirada hacia los más desfavorecidos. ¿Cómo se puede ir hasta el fondo del encuentro con el ser humano y no llegar, sin embargo, a los más abandonados? El reto que Joseph Wresinski lanza nos lleva hasta el extremo de nuestra propia humanidad, porque sólo con esa actitud interior podremos llegar al significado de la desesperación de los más pobres, sin lo cual no podríamos revelar al mundo su esperanza.
El 17 de octubre de 1987 reunió a más de cien mil personas en la concentración internacional de los defensores de los derechos humanos en la Plaza de las Libertades y de los Derechos Humanos de París, en el Trocadero. En ese lugar, Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Y el padre Joseph dio testimonio de las personas que sufren y combaten con valor y esperanza la miseria. El recuerdo permanente de este testimonio es la inscripción que se descubrió y que cuenta con réplicas en varias ciudades de todo el mundo: Defensores de los derechos del hombre y del ciudadano de varios países se reunieron en esta plaza para rendir homenaje a las víctimas del hambre, la ignorancia y la violencia. Reafirmaron su convicción de que la miseria no es una fatalidad. Y proclamaron su solidaridad con los que luchan a través del mundo para acabar con ella. Allí donde hay hombres condenados a vivir en la miseria los derechos humanos son violados. Unirse para hacerlos respetar es un deber sagrado. (Padre Joseph Wresinski). Naciones Unidas instituyó oficialmente, desde 1992, esta jornada como Día Mundial de Erradicación de la Pobreza.
Su mensaje nos recuerda que los más pobres nunca han ganado realmente nada hasta que los demás seres humanos no se han unido auténticamente a ellos. Estas palabras que ese 17 de octubre escribió así lo afirman: Los más pobres nos esperan a la vuelta de la esquina. ¿Qué vamos a hacer? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
- - -> Para más información: www.joseph-wresinski.org


Las dos imágenes que emplea son muy concretas. Nadie se pone a «construir una torre» sin tomarse un tiempo para reflexionar sobre cómo debe actuar para lograr acabarla. Sería un fracaso empezar a «construir» y no poder llevar a término la obra iniciada.
El evangelio que propone Jesús es una manera de «construir» la vida. Un proyecto ambicioso, capaz de transformar nuestra existencia. Por eso no es posible terminar viviendo de manera evangélica sin detenerse a reflexionar sobre las decisiones oportunas a tomar en cada momento.
También es claro el segundo ejemplo. Nadie se enfrenta de manera inconsciente a un adversario que le viene a atacar con un ejército mucho más poderoso, sin reflexionar previamente si aquel combate terminará en victoria o será un suicidio. Seguir a Jesús es enfrentarse contra los adversarios del reino de Dios y su justicia. No es posible luchar a favor del reino de Diosde cualquier manera. Se necesita lucidez, responsabilidad y decisión.
En los dos ejemplos de Jesús se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las verdaderas exigencias, los riesgos y las fuerzas con que han de contar para llevar a cabo su cometido. Según Jesús, entre sus seguidores, siempre será necesaria la meditación, el debate, la reflexión. De lo contrario, el proyecto cristiano puede quedar inacabado.
Es un error en la Iglesia de Jesús ahogar el diálogo e impedir el debate. Necesitamos más que nunca reflexionar y deliberar juntos sobre la conversión que hemos de vivir hoy los seguidores de Jesús. No seguir trabajando como si nada pasara. «Sentarnos» para pensar con qué fuerzas hemos de construir el reino de Dios en la sociedad moderna. De lo contrario nuestra evangelización será una «torre inacabada».

A Jesús no se le puede seguir buscando seguridad, pues él «no tiene donde reclinar la cabeza». Para seguir a Jesús, hay que olvidarse de otras obligaciones pues lo primero es «anunciar el reino de Dios». A Jesús no se le puede seguir «mirando hacia atrás» pues quien le sigue así, «no vale para el reino de Dios».
«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso, el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.
El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos lleva hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más despojada y vulnerable, pero también más auténtica y real.
En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado pero no ayudan hoy a generar vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos dedicados a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Sólo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe cristiana como quería él.

Los evangelios presentan un fuerte contraste entre la actuación de Juan y la de Jesús. La preocupación suprema de Juan es el pecado que está corrompiendo al pueblo entero; por eso se sale de la tierra prometida y marcha al desierto para predicar desde allí la conversión a Dios. Para Jesús, por el contrario, la primera preocupación es el sufrimiento de quienes son víctimas de esas injusticias y pecados; por eso deja el desierto y va visitando las aldeas de Galilea anunciando la Buena Noticia de un Dios que quiere una vida más humana.
La tarea de Juan es clara: denunciar los pecados, llamar a los pecadores a penitencia y ofrecer un bautismo de conversión y perdón; por eso lo llaman «Bautista», el bautizador. El quehacer de Jesús es diferente: cura a los enfermos, acoge a los pecadores y ofrece la salud y el perdón gratuito de Dios sin necesidad de bautizarse en el Jordán; por eso, lo llaman curador y amigo de pecadores.
El lenguaje del Bautista es duro y da miedo; habla de la «ira» de Dios que llega como un leñador blandiendo su hacha para cortar de raíz los árboles estériles; el pueblo ha de vivir preparándose para la llegada del juicio inminente de este Dios. Jesús, por el contrario, narra parábolas que jamás se le hubieran ocurrido al Bautista; el que llega es un Padre bueno y cercano, compasivo y perdonador. Su palabra despierta confianza y alegría. El pueblo lo ha de acoger ahora mismo creando una convivencia más justa, fraterna y compasiva.
El Bautista no hace gestos de bondad. No se compadece ante el sufrimiento: no se acerca a curar a los enfermos. No ve la marginación de los más desgraciados: no toca a los leprosos ni libera a los endemoniados. No se fija en los débiles: no abraza a los niños de la calle. No come con pecadores: vive encerrado en su vida solitaria del desierto. Jesús, por el contrario, se dedica a curar, liberar del mal, acoger, bendecir, perdonar. Lo suyo es introducir en la vida salud, perdón, paz, amistad, fraternidad.
¿De quién somos nosotros? ¿Seguimos al Bautista o a Jesús? ¿Somos «bautistas» o «cristianos»? ¿Nos hemos quedado en el precursor o vivimos acogiendo a Jesucristo?


La prostituta del pueblo interrumpe de pronto el banquete organizado por un fariseo para agasajar a Jesús. En cuanto la ve, Simón la reconoce y se pone nervioso. Conoce bien a estas prostitutas que se acercan al final de los banquetes en busca de clientes.
La prostituta se dirige directamente a Jesús. No dice nada. Está conmovida. No sabe cómo expresarle su agradecimiento y rompe a llorar. Sus lágrimas riegan los pies de Jesús. Olvidándose de los presentes, se suelta la cabellera y se los seca. Besa una y otra vez aquellos pies queridos, y, abriendo un pequeño frasco que lleva colgando de su cuello, se los unge con perfume.
El fariseo contempla la escena horrorizado. Su mirada de hombre experto en la ley sólo ve en aquella mujer una «pecadora» indigna que está contaminando la pureza de los comensales. No repara en sus lágrimas. Sólo ve en ella los gestos de una mujer de su oficio que sólo sabe soltarse el cabello, besar, acariciar y seducir con sus perfumes.
Su mirada de desprecio le impide, al mismo tiempo, reconocer en Jesús al profeta de la compasión de Dios. Su acogida y su ternura hacia esta mujer lo desconciertan. No puede ser un profeta.
La mirada de Jesús es diferente. En aquel comportamiento que tanto escandaliza al «moralista» Simón, él sólo ve el amor y el agradecimiento grande de una mujer que se sabe muy querida y perdonada por Dios. Por eso se deja tocar y querer por ella. Le ofrece el perdón de Dios. Le ayuda a descubrir dentro de sí misma una fe que la está salvando y le anima a vivir en paz.


Para Jesús, Dios no es un Padre sin más. Él descubre en ese Padre unos rasgos que no siempre recuerdan los teólogos. En su corazón ocupan un lugar privilegiado los más pequeños e indefensos, los olvidados por la sociedad y las religiones: los que nada bueno pueden esperar ya de la vida.
Este Padre no es propiedad de los buenos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos». A todos bendice, a todos ama. Para todos busca una vida más digna y dichosa. Por eso se ocupa de manera especial por quienes viven «perdidos». A nadie olvida, a nadie abandona. Nadie camina por la vida sin su protección.
Tampoco Jesús es el Hijo de Dios sin más. Es Hijo querido de ese Padre, pero, al mismo tiempo, nuestro amigo y hermano. Es el gran regalo de Dios a la humanidad. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del cielo. Unidos a él, trabajamos por construir ese mundo más justo y humano que quiere Dios.
Por último, desde Jesús experimentamos que el Espíritu Santo no es algo irreal e ilusorio. Es sencillamente el amor de Dios que está en nosotros y entre nosotros alentando siempre nuestra vida, atrayéndonos siempre hacia el bien. Ese Espíritu nos está invitando a vivir como Jesús que, «ungido» por su fuerza, pasó toda su vida haciendo el bien y luchando contra el mal.